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CONSIÉNTEME EL POEMA

Un hay de haber. Un saber de sabor. Tu boca llena de dientes y carne. Un estar comiendo una naranja y en la justa entrega, en agradecerle el sabor, verbalizar un “¡hostia!” y embutir la naranja en la exclamación. Obligarla a ser palabra, expresión, y reducirla. O “Naranja”, decimos, y chequeamos aquella pieza de fruta en vez de reconocerle la dimensión del disparate.

Texto e imagen de Esteban Hernández.

Creo que la profundidad del sabor, del dolor, o de casi cualquier otra percepción es asombrosa; y que si desde lo que nos ocupa concentrados atendemos automáticamente a lo siguiente (o nos despistamos con alguna otredad) es porque nadie aguanta enfocado allí mucho tiempo. Apostaría que ni segundos. La atención sostenida no es humana. La permanente, digo. Tengo cotejado que en la densidad de la sencillez de las cosas siendo, y tras ellas, en el incognoscible, en la nada, no hay permanencia para nadie. No, aunque las bibliotecas nos amparen. Así, bien porque uno se muere, se aburre, porque se despista o porque llega todo lo lejos posible, la dimensión de la vida vívida, desnuda, en cualquiera de sus manifestaciones no es traducible. Intentamos explicarla con los mejores poemas, por aproximación, y sólo la circundamos porque es inhabitable. Porque incluso a poca profundidad es mucho más y no es. A la vez. Si insistes en mirar al vacío, el vacío te devuelve la mirada, te dice quien eres y qué nos corresponde.

En estas, con todo y afortunadamente, la experiencia extática del vacío, o en Hörderlin la del árbol que nace porque sí, o sin porqué y solamente es, nos explica intermitentemente como objetos más allá de las ciencias médicas. Nos espejea, nos inicia, o nos reformula en la misma intensidad gratuita del árbol. A cada vez, ese captar las cosas en cualquiera de sus evidencias sin nosotros, ni euforia ni Dios es fértil. Es intimidad.

El techo y la ampliación de cada cual, es decir, la implosión de uno mismo es la carcajada. Un síntoma. Que estos contenidos susciten una alegría así es cantarle a la vida. No es una metáfora. El problema, en particular, viene de contarle esto a quien tienes al lado y que te mire raro. El otro, cualquiera de ellos, es quien nos gira el vacío a la contra. Es el prójimo y en concreto el dedo acusador de un familiar prescindible, el de algún anónimo en cualquier parte, el del recuerdo abstracto de algún colega maltratador, el de la ley o el de cualquier amor sobreprotector lo que nos exige un orden. Son los demás quienes deciden y acotan lo normal, y en estas, autoproclamados de un modo u otro se pactan tácitamente qué deben significar las cosas y cuando deben hacerlo. Qué es una naranja cuando decimos “naranja”, o en otras palabras, qué no es una naranja.

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