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ME VAIS A OIR GRITAR.

Ansiedad. De a pocos. Me planto en agosto y todo lo editorial cierra. Del lado del futurible tengo dos propuestas rodando en Francia. Una con un agente nativo y serio moviendo sus fichas y la otra conmigo de dibujante, con Álvaro Nofuentes de perfecto guionista y con la bendición de los editores que la leen pero no les encaja en la empresa. En la línea editorial, digo.

Es cuestión de tiempo. Sólo eso. Todo eso. Si la resolución fuese monolítica, si fuese un nada y un nunca, tomaría una determinación activa y pacificadora. Pero no. Hay un ya casi, creo, una esperanza razonada con el coeficiente adverso integrado. Hay un esperar, ergo una paciencia pero apenas hay, ay, un hacerse pacible. Me tiene tan crispado que he decido escribirlo y publicarlo aquí. La metáfora que mejor lo explica es la de un viaje larguísimo en el que la última media hora es lo infernal, aunque para el reloj sean los mismos primeros, segundos o terceros treinta minutos.

Texto e imagen de Esteban Hernández.

En 1999 alguien (un hijo de puta, por cierto) me dijo con razón: “ponte a dibujar aunque sea para un cuarto de hora, cualquiera de ellos, los que tengas libres”, así que desde entonces y hasta hace un par de meses me estaba acostando, de media, a las seis de la mañana. De esto, hoy, ya hace quince años seguidos y en los dos o tres últimos me iba a dormir cuando mi cuerpo no podía más. De día con el sol calentando. Cada dos semanas incluso empalmaba, o también, todos los fines de semana cena, café y después de unas birras y cerrar el bar del que soy parroquiano, trabajaba en casa hasta que se apagaban las farolas.

Hablaba de esto con un buen colega y él asombrado decía de sí mismo: “no debería ser tan difícil sólo querer dibujar tebeos en esta vida y no poder hacerlo”. Es verdad. Es demoledor. Si quisiera pilotar aviones y me esforzara necesitaría aprender a golpe de infraestructura. Pero no.

En esta cartografía que os confieso, el color de mi psicología hoy es el de la posibilidad del regalo que siempre le pedía en navidades a Baltasar siendo un crio, año tras año, y nunca, nunca llegaba ni aún probando a no pedir otra cosa. No diré cual (no) fue, pero si simpatizas, querido lector, seguro entiendes. O si no lo explico bien piense usted en el anhelo del beso de quien tanto le gustaba en primaria. O en las muchas ganas de follar por primera vez. Son todas esas conjeturas de la espera, la montaña rusa emocional y el proyecto anímico relativo. Hacer economías sólo con mis tebeos, en mi, es la experiencia de no recibir nunca aquel regalo junto al roce de lo contrario. Esa es la vibración. Si me sale medio bien me vais a oír gritar.

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