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Cierto.

Por Esteban Hernández.

Hace pocos meses me inundó lo prosaico y le perdí la comba a ese mirar mío a veces lúcido, a veces extraterrestre y a menudo inútil. Cualquiera se crispa de perspectivas hasta que le entra trabajo. Mientras tanto, escribí y lo hice porque sí. Psicología de manual. Hay textos que no caben en facebook. Hay tractores que no, nunca, los verás en ninguna autovía. Me tienta mucho cortapegaros cual fue el color de mi trueno, pero voy a comer algo de la nevera a ver si se me pasan las ganas de boicot.

Regresé.

Hay, dicen, un sentido estético inevitable para cada rincón del mundo. Allá donde vamos hay una figuración del entorno. Según Borges la misma forma anecdótica de hablar, cualquiera de ellas, lo significa a cada vez. Sin la metáfora ni la fábula o el mito, el mundo desde lo frontal se muestra siempre incognoscible y escurridizo.


Pese a que tenemos recursos e infraestructuras, creo que el orbe lo habitamos a ciegas a cada vez. De hecho nos pasamos el rato chequeándolo sobre la marcha aunque disponemos de avales en cada cultura que nos explican muy bien en qué consiste. En otras palabras, confirmamos que por ejemplo aquel arbusto está en la distancia bien porque nos acercamos y lo tocamos, bien porque recordamos habernos acercado en otra ocasión o porque pasa alguien al lado y hace de notario. Por eso el mar desde la playa es tan insondable. Porque está y no está a la vez. Es un incontable. Es pura abstracción.

Si bien, yo diría que si no el mar, que también, cualquier cosa es elástica mucho antes de su sentido estético. Hay una sustancia cotejable en cualquier experiencia humana (mirar, conducir, comer, etc.) que nunca se quiebra. Tengo comprobado que si voy andando, me tropiezo y me doy una buena hostia hay un susto, una alarma y un dolor, pero aquella flexibilidad no se raja. El contraste está integrado.

Trascendida la muerte y desde el disparate de las cosas siendo, el dolor, sigo con el ejemplo, nos afecta sin que por ello se rompa lo que le hace de contenedor. Lo que quiero decir es que aunque la sensación sea aguda tiene en sí misma una solución orgánica de continuidad y cambio. Nunca se rompe el posibilitador que ampara al ser siendo. “La muerte del sujeto es esa ruptura” dirás bien, querido lector, pero lo que sugiero tiene poco que ver con lo humano. A lo bestia, el fin de nuestra especie y así el del hoy por hoy autoproclamado y prestigioso empeño científico de listar, significar o contemplar el mundo, no lo afecta. Cualquier cosa es indescifrable en tanto que cosa y que yo me parta la cara defendiendo este asunto, lo llore, lo rece, o me emborrache en su nombre no cambia que, elástico o no, “el ser de las cosas siendo” solo sea otra explicación del mundo. Otro aval. Aunque éste tenga un previo del cual hubo quien supo y sobre el que se decidió qué es el mundo.

Lo asombroso es que aunque pueda desocultarlo o negarlo hay mundo mientras tanto. Él me ampara. De hecho, estoy escribiendo esto. Hay caso. O en otras palabras, para que lo que escribo tenga sentido, necesito del mismo mundo que nihilizo. Desenmascarándolo no quiero otra vida, quiero ésta pero viva.

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