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NO ME CANSO.


Por Esteban Hernández.

Leí otra vez sobre el tuétano. Del meollo. No me canso. Lo dije en otro sitio: Allen Guinsberg quería vivir en él y casi enloqueció. Creía yo que era una irresponsabilidad de su parte, pero no. Leí otra vez sobre el tuétano, dije, no a Allen. Más allá de lo semántico (más acá, en realidad) hay maneras silenciosas de participar en ello y hacerse viejo así. Parte de mi biblioteca dice que sabiendo que sabes y aceptando completa, pacífica y felizmente lo incognoscible al menos una vez, es suficiente. Una vez iniciado, siempre se es bienvenido.


Hay quien ha tenido en la adolescencia o más o menos al principio de su vida una experiencia mística muy intensa bien a través de lo beato, la droga lisérgica o el dolor desmedido. Superados y trascendidos estos asuntos se concibe cada proyecto de vida en favor de aquello mismo pero destilado; en profundidad y en las intimidades de cada cual. En abstracto: en el mismo pero profundo vibrar intenso sin su moral, sin lo adverso, sin sus cronologías, protagonistas ni explicaciones.

Por otro lado yo no me entrego al prójimo.

Hay un yo último, sin ego ni Sigmund Freud que yo sepa. Hay una voluntad que a veces uno le pone a algo que dice. A una frase, en una atención o a un gesto consciente. Hay un desembolso momentáneo de todo el hálito. Es el pájaro azul al que Bukowski se refería. Un soltarse del manillar de la bicicleta medio segundo por primera vez. Esa valentía, esa verdad. Una cesión plena, consciente y responsable a la que le precede un querer hacerla. Yo no me entrego al otro. En estos asuntos prefiero ser discreto, cauto y hasta psicópata. Y no hablo de amor, no me jodáis. Yo amo. No hablo de lo emocional. Hablo de entrega. De volcarse completamente, en extrema sencillez, y decidir palpar lo que sea paladeando su textura, por ejemplo. Buscarle el matiz al tacto, encontrarselo, e inmediatamente después, intentar localizar dónde, dónde, dónde estaba o dónde sigue. Chequear en qué coordenadas exactas del propio cuerpo está ese tacto o su estela. Esas son mis entregas.

Y por último, si tal, verbalizarlo.

Esa ofrenda es puerta y es llave, pero por favor, no hagas tonterías. Por favor. Un beato idiota dirá que es tu sexo. Un beato idiota. No hagas caso. Entrégate si quieres y como quieras pero acepta que te pueden joder vivo por muchos años. Décadas de rehabilitación. Por eso sólo me entrego en mis intimidades y en soledad. Hay cosas de mí que son mías aunque ahora las explique. Son sus prácticas lo que no se me nota. En cualquier sitio. Y creo que abusar de ello entre humanos es lo suicida, lo obsceno. Yo no me entrego a los demás. De mi historial soy el pornógrafo protagonista en mis tebeos y entre mis verdaderos amigos, pero la entrega es otra cosa. No estoy tan loco.

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